Friday, September 14, 2018

La tienda del cachaco


La transición de niño a adulto (i)responsable la pasé entre la panadería del Turco y las tiendas de los cachacos alrededor de mi casa. En las escaleritas de los Trigales, nos padecía el Turco, quien pacientemente nos soportaba todas las tardes después del colegio.

Todos los días desde muy temprano, los turcos de la panadería, empezaban su ardua labor, preparando las delicias que luego nos deleitarían. Panadería los Trigales, 51 con 84, detrás de la Torcoroma, esa era la oficina, el centro de operaciones de una manada de pela'os que pasábamos todo el día mamando gallo y viendo que maldad hacíamos, para llenar el libro de recuerdos, que hoy, confusos, aún nos siguen divirtiendo.

Como olvidar el día que Juan Camilo, peinado a lo Héctor Suárez, en "Que nos pasa", se escabulló bajo el mostrador y torciendo los ojos, le apareció al Sr. Michael,  con tono de comedia mexicana, y le pidió: "Deme un chicharrón de puerco y puerca, señor".

Antes eran un pequeño supermercado al que por molestar le llamábamos la 'super quiebra'. No sé si de verdad se quebraron, pero lo cierto es que un buen día apareció la panadería, todo un éxito.  Pa' nosotros mejor, el nuevo negocio nos permitía tener mesitas, gaseosita, quibbe, un buen dedito de hojaldre, pastelitos, piñitas y la mejor, eso sin duda, mejor comida árabe de Barranquilla,  donde están los mejores restaurantes de este tipo de comida que alguna vez mi recuerdo haya probado.

De las escaleritas de la panadería salían los proyectiles que le rompían las tejas a la casa de 'Copete Diablo', el amargado monaguillo de la Torcoroma; allí habían declaraciones de amor, peleas, reconciliaciones, peleas a puño, totes, mata suegras, guerra de bolsas de agua,  risa, mucha risa y bullying, mucho bullying. Es que el bullying era legal y admitido, hoy es muy reprochable.

De la panadería pasábamos a la tienda los Comuneros, 50 con 85, un ruinoso negocio que solo vendía gaseosas, galletas, salchichón con queso y,  algunas veces, la inigualable bola de trapo, con la que jugábamos los grandes clásicos de la cuadra: Los de arriba, que siempre ganábamos, contra los de abajo; clásico que se jugaba en una calle a unos 45 grados de pendiente, que si no estabas pendiente,  podías dejar los dientes en el asfalto. En los Comuneros también nos tomamos las primeras cervezas después de un partido de fútbol en el colegio, que quedaba a una cuadra de ahí.  Es que éramos ¿Éramos, somos? Una sociedad alcoholizada, que hasta pa' jugar fútbol,  terminábamos tomando cerveza.

También frecuentábamos la Roblanita en la 52 con 85. Ahí cobré un día varias canastas de cerveza, por haber ganado todas las apuestas, que estaban en mi contra, el día que entregaron los exámenes del ICFES. Es que nadie daba un peso por mí examen y hasta mi mamá me pidió confirmar que la hoja del resultado estuviese a mi nombre.

Todos esos negocios van a tender a acabarse, además de la competencia de las grandes superficies, en lugar de las populosas tiendas, habrán bellos e inmensos edificios, con lobbies hechos con decorador y barandas de vidrio, celadores impecablemente uniformados, que por nada del mundo me hubiesen dejado sentarme en sus escaleritas a "joder la vida". ¿Entonces? ¿Que es mejor? La tienda era parte de nuestra vida, hoy no hay pela'os en la calle jugando, pero es que tampoco hay bordillos donde sentarse ni calles donde jugar bola'e trapo.

Cuando me casé y pude, me fui a vivir a Villa Santos,  al mes de estar por allá, me tocó parar a comprar algo en la tienda de la cuadra, al entrar, el cachaco me recibió con un: 'Señor me debe 10,000 pesos'. Yo pensé que el tipo me había confundido, le pregunté de que hablaba y riéndose me dijo que Mateo, mi hijo, que tendría 2 añitos, y medio hablaba, iba y fiaba. 

Es que el de la tienda fía, da la ñapa y hace domicilios gratis. Mi esposa llamaba y hacía pedidos de emergencia: "Por favor me traes un limón,  un ajo y una panela, no se demore que ya estoy cocinando". El pedido llegaba raudo, no faltaba nada, no había ni que decirle cual apartamento, él sabía. ¿Algún día se le ha ocurrido hacer lo mismo en Ara o la Olímpica? Seguro que no.

Las tiendas son parte de nuestra calidad de vida. Algo que tenemos y no nos percatamos de ello porque siempre están allí, nunca cierran, domingos, Semana Santa o Navidad, el cachaco está ahí trabajando rigurosamente. Solo el día que Junior jugaba con Bucaramanga, el servicio decaía, sobre todo si a Valenciano se le daba por meterle tres a los Búcaros.

Las tiendas van a sucumbir ante la competencia de las grandes cadenas, la modernidad las va hacer desaparecer y cuando ya no quede una, es que vamos a saber todo lo buenas que eran.

No comments:

Post a Comment