"Muchacho no es gente", decía la mamá de un buen amigo de mi hijo, yo me reía, pero realmente solo hace poco terminé de digerir la frasecita.
Cuando mi hijo llegó a los 14 años tuvo grandes cambios en su forma de ser. Se enconchó, ladraba, se escondió en el teléfono y guardó distancia con nosotros. El proceso duró un largo tiempo, casi hasta que se graduó y se fue a la Universidad.
El otro día, leía un post de una amiga que hablaba de los cambios de su hijo que salió del nido a enfrentarse a la vida. No pude evitar pensar que mi hijo estaba exactamente en el mismo momento de la vida. Risa me da que, pesos más pesos menos, las historias se repiten y se repiten.
'Sol de la calle, oscuridad de la casa', decía mi mamá. Todos nos quejamos de las mismas vainas: No recogen, no se levantan a tiempo, todo se lo hacemos, no son considerados y aún, andan mal encarados. A eso les enseñamos, sin querer queriendo.
En la calle es el tipo brillante, inteligente, responsable y muy compuesto que todos admiran, mientras en la casa es "mi pequeño desastre". Es una suerte poder quejarse del tiradero y no de cosas realmente graves, pero el tema es desgastante.
Ya mi hijo está en su segundo año de universidad, viviendo solo. Vive a 6 horas de camino en carro. La clase que más me gustó que tomara es la de 'ser gente'. Es que como decía mi amiga, "muchacho no es gente" y la clase intensiva, ha logrado lo que yo no pude en 18 años.
Ya él sabía lavar, la verdad eso de meter la ropa, poner jabón y espichar 'on', es fácil; el problema era decidirse a hacerlo, pues les doy la mala noticia que aún no lo hace, o al menos no responsable y periodicamente, pero hoy está mas cerca que cuando lo tenía en el cuarto de al lado.
Hoy me llama y dura horas pegado, me cuenta de su vida y sus planes, sus males y sus pesares, me pregunta qué creo que debe hacer, así luego vaya y haga lo que le da la gana; pero hoy sé en que anda y que quiere. Cuando aquí estaba, solo hablabamos cuando lo perseguía pa' que recogiera o lavara el plato, respondía con monosílabos o me pedía lo llevara a algún lado.
Me invitaba a una premiación o a la ceremonia de alguna presidencia, de alguna de las mil organizaciones de las que era presidente, dos minutos antes de salir a la ceremonia y cuando aún estaba humeando la rabia por cualquier discusión sin importancia. Llegaba al evento y todos los padres, con orgullo ajeno, se me acercaban a hablar bellezas de él, yo con cara de pendejo, solo quería saber si debia abrazarlo por la hazaña o ahorcarlo por el calzón tira'o.
Hoy somos más amigos, y peleamos, pero más pacito; cada dos o tres meses voy, recojo, meto 7 lavadoras y 7 secadoras, le aseo la vida y salimos por ahí a reírnos de hasta cuándo él va a vivir en esa dicotomía: Sol de la calle, oscuridad de la casa.
Duerme poco, cosa que odio, pero saca notas con las que yo, en mi tiempo, hubiese chicaneado por años. Gracias al cielo no cocina, eso sería deporte de alto riesgo, pero creo que por fín está felíz y, de alguna manera, empezando a recoger todo lo que ha sembrado.
Se mete en cuanto 'peo' se le atraviesa, un día trabaja con una organizacion en Africa, otro día está con una gente de Venezuela, otro día es voluntario de algo y otro está en una conferencia. Su agenda está tres veces más ocupada que la mía.
Cuando se fue, me decían que lloraría mis ojos, pero yo nunca estuve triste. Estaba feliz, él se ha preparado toda la vida para esto y yo sé que está en la ruta para lograrlo. Si él se percatara de todo lo que puede, si dejara que sus robustas alas lo lleven a donde pueden llevarlo, él va a llegar a donde le de la gana. Yo solo quiero que se sienta feliz y realizado con lo que construya.
Por lo pronto ya va lejos, a 6 horas de pelear conmigo, sé más de él, así nunca conteste el teléfono, y ya casi lo puedo admirar, como lo admira todo el que afuera lo conoce, sin la rabiecita del calzón tira'o. No es que no lo tire, ¡es que ya no lo veo!
Ya no es muchacho, ya está aprendiendo a ser gente.
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