Cuando empezamos el
colegio, todos llegamos medio miedosos, inocentes y con la libreta en blanco.
Todos somos más o menos iguales.
Vamos creciendo, nos hacemos dueños del espacio y comienzan unos a destacarse en los deportes, otros en ciencias o matemáticas y otros en 'jodencia' y 'malparidez'. Unos usan sus habilidades, otros las de sus amigos y otros simplemente se esconden en el tumulto.
Nos graduamos y salimos, el mundo se amplía, ahora el malo es más malo, el inteligente puede que sea más inteligente que el de mi clase y los problemas no se solucionan en la oficina de "Pajarito", ahora ya hay policía, juez y cárcel, que son peores que la desgracia de una prefectura. Hay responsabilidades mayores que entregar el proyecto de Física al profe Imáz y fracasos más estruendosos que el examen de Español que le perderé a Barandalla.
La vida es mucho más dura que el colegio y nos presenta oportunidades a unos y nos monta en los hombros cargas extremas, a otros. Hay quien aprende pa' que es bueno y hay quien se pasa la vida buscándolo. La disciplina logra más que la habilidad y hay a quien la trampa le funciona más que los títulos universitarios. La vida nos revuelve y ya no nos hace ver tan iguales.
Próximamente, posiblemente, podré asistir a mi primera reunión de exalumnos de mi promoción del colegio (o la que pudo ser).
Vamos creciendo, nos hacemos dueños del espacio y comienzan unos a destacarse en los deportes, otros en ciencias o matemáticas y otros en 'jodencia' y 'malparidez'. Unos usan sus habilidades, otros las de sus amigos y otros simplemente se esconden en el tumulto.
Natural nos aflora el
bullying, hay niños más fuertes, otros más inteligentes y otros más sociales, y
cada uno va fortaleciendo sus habilidades y ahondando sus deficiencias.
Y ahí vamos rayando la
libreta, el colegio nos da parámetros de vida, en la casa todos tenemos una
crianza y unos principios que principian en distintos lados y con parámetros
morales de muy diferente calibre.
Crecemos y somos como
una gran hermandad de matoncitos, con los que disfrutamos, reímos, lloramos y
peleamos. Ya nos vemos diferentes, pero aún, dentro de una franja más ancha,
seguimos siendo iguales.
El recreo es el éxtasis
de la felicidad. Media hora donde todos reímos, hablamos de todo, menos
de algo que tenga valor, comemos y jodemos hasta que suena la bendita campana y
pa' clase.
Ya al final del
bachillerato, vemos que algunos se quedaron, tenemos clarísimo quién es el
bueno y el malo, creemos saber quién va a ser exitoso y quien un sinvergüenza.
El colegio nos enseñó a
medirnos por notas, que representan la plata que generaremos en el futuro,
cuando seamos buenos empleados. Y mediremos el éxito en el tamaño del cheque de
la quincena y el título de la puerta. ¡Que error!
Nos graduamos y salimos, el mundo se amplía, ahora el malo es más malo, el inteligente puede que sea más inteligente que el de mi clase y los problemas no se solucionan en la oficina de "Pajarito", ahora ya hay policía, juez y cárcel, que son peores que la desgracia de una prefectura. Hay responsabilidades mayores que entregar el proyecto de Física al profe Imáz y fracasos más estruendosos que el examen de Español que le perderé a Barandalla.
La vida es mucho más dura que el colegio y nos presenta oportunidades a unos y nos monta en los hombros cargas extremas, a otros. Hay quien aprende pa' que es bueno y hay quien se pasa la vida buscándolo. La disciplina logra más que la habilidad y hay a quien la trampa le funciona más que los títulos universitarios. La vida nos revuelve y ya no nos hace ver tan iguales.
Las chequeras crecen a
diferente velocidad y la sociedad nos cuelga los títulos de exitosos o
fracasados, sin siquiera saber cómo fue la cosa conmigo, y aún peor, no ve si
soy o no feliz, hay parámetros y son los que hay que alcanzar para ser
reconocidos.
Siempre nos comparamos
y, sin decirlo, competimos a ver a quien le fue mejor. Nos encontramos que a
ese que pensamos la batearía de home run, la vida le volteó la torta; unos
tienen plata, pero un peo familiar enorme; otro que fue un desastre en el
tablero, hoy es un hacha en el escritorio; otros tuvieron todo y hoy no tienen
nada; a otros se les pasó la vida esperando su cuarto de hora; y otros, muchos,
llevan vidas normales, sin grandes éxitos, pero sin grandes derrotas. Hay de
todo y nos preguntamos, ¿me fue mejor o peor?.
Pues la vida te mostrará
que el sistema de notas está equivocado. Va de la mano del principio que la
plata y el poder significan éxito y el éxito, felicidad. Pues no.
Yo creo que la felicidad
va más de la mano de la tranquilidad personal, que con momentos de
éxtasis. Y la tranquilidad debe ir con el hecho de estar satisfecho con
uno mismo, con lo construido y con dormir sin pensar en que le pisé la cabeza a
otro.
Cuando vienen las
reuniones de exalumnos, muchos no asisten por ocupaciones, otros por distancia
física, pero otros no asisten por el temor a ser medidos con aquellos que
fueron sus pares y con quienes crecimos con similares dificultades y
oportunidades.
Próximamente, posiblemente, podré asistir a mi primera reunión de exalumnos de mi promoción del colegio (o la que pudo ser).
Quisiera pasar lista y
verlos a todos, que nadie se pregunte que hace o como le fue en la vida, que
otra vez seamos iguales, que sea como cuando salíamos al recreo y nos reíamos
de todo y tengamos esos 30 minutos de felicidad, que solo da ese tiempo entre
timbre y timbre, como hace 30 años.
Por eso, hoy con la
libreta rayá', si me preguntan qué hago, diré que soy escritor, de pacotilla,
publico en Facebook y cobro likes, y que, realmente, creo que soy feliz.
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