Félix y Antonio, pese a que estudiaron juntos, compartieron poco en el colegio. Salvo un trabajo en la asignatura de Vigía de la Salud en la que formaron equipo para visitar casas del barrio San Pachito, sería imposible recordar alguna otra anécdota en la que ambos se hayan visto involucrados. A Félix le gustó tanto el décimo grado que decidió repetirlo y era tan popular y buena papa que resultaba imposible no llevarse bien con él.
Félix,
que llegó repitente, en principio estaba como gallina en patio ajeno, andaba
con complejo de viejo y veía a sus pares como pela’os, tal vez seguía engañado
creyéndose que no pertenecía allí; se llevaba bien con cada uno, pero conocía a
pocos, aunque tenía un par de viejos amigos de afuera del ámbito escolar.
Antonio en cambio, era dueño de su corral. Era el amigo de todos, tanto dentro
como fuera de su salón. Había estado allí desde aquel lejano kinder del que
llegó lleno de miedos. Hoy, al contrario, se manejaba dueño de todo el espacio,
lideraba muchas actividades, desde la mamadera de gallo, hasta el equipo de
fútbol. Era quinto de bachillerato, lo que empezaban a llamar décimo grado.
Para
Antonio, su compañero Félix era solo aquel muchacho que tenía las pantorrillas
como Popeye y que deambulaba por el colegio con un cuaderno argollado y un
bolígrafo en la boca. Tal vez fue a él a quien Antonio le vio por primera vez
unos zapatos Reebok negros que Félix intentaba camuflar dándole uso de
colegiales para el tormento del padre Bernardo. Ambos pasaron el año sin pena
ni gloria, pero pasaron. Luego llegó sexto (grado once) y la cosa fue a otro
precio. A Antonio, la mamadera de gallo se le convirtió en un hábito
ocasionándole más de un problemilla, mientras que Félix por su lado parecía
ganar aplomo.
El
Cervantes de los ochenta era un buen colegio, con sus fortalezas y debilidades;
sólo de hombres, con marcado machismo en sus costumbres, aún tenía una muy
buena camada de profesores, muchos de ellos españoles. El bullying no
existía como palabra, pero era la directriz que comandaba todas las relaciones.
Dar 'papaya' o cualquier signo de debilidad era pagada cara. La fila en la
tienda no era en orden de llegada, era una montaña de pelaos en orden del más
vivo. Los deditos de hojaldre eran la especialidad de la casa. Los curas hacían
un buen trabajo, pero a su estilo y su manera de pensar; con marcado
catolicismo, disciplina férrea y un poco de sectarismo y clasismo, propios de
la religión y la época.
En décimo, tocaba cumplir con el programa de Vigía de la Salud, el cual consistía en visitas a algunos barrios de la ciudad para evaluar las condiciones sanitarias de los hogares visitados. A Antonio y Félix les tocó juntos por aquello del orden alfabético de sus apellidos. Tal vez fue la única actividad escolar donde interactuaron juntos.
En décimo, tocaba cumplir con el programa de Vigía de la Salud, el cual consistía en visitas a algunos barrios de la ciudad para evaluar las condiciones sanitarias de los hogares visitados. A Antonio y Félix les tocó juntos por aquello del orden alfabético de sus apellidos. Tal vez fue la única actividad escolar donde interactuaron juntos.
Ese
día, Antonio iba muerto del susto ya que el barrio donde debían efectuar dicha
labor era San Pachito, el cual tenía fama de ser muy inseguro. En la primera
casa que tocaron la puerta los atendió un negro como de dos metros y justo
antes de que Antonio se hiciera en los pantalones, el señor, viendo a Félix,
quien ya el año pasado había estado allí, dijo: "Nojoda pela’o, ¿otra vez
tú?". En ese momento Antonio recuperó el aliento y el resto de la jornada
transcurriría de manera tranquila.
Al llegar la graduación ambos eligieron la ingeniería, Antonio la industrial y Félix la mecánica. Mientras en su ingeniería al primero lo rodeaban hermosas mujeres sin este saber ni poder llegarles a ninguna de ellas, al segundo, que tenía la labia y el material para conquistar a todas, lo perseguían las feas. Tanto así que, por falta de material, para el segundo semestre casi toca elegir a Félix la reina de Ingeniería Mecánica para las fiestas de la U. A los dos les fue como los perros en misa y un par de semestres después saldrían por la puerta de atrás. Cada uno tomó su camino y no se volvieron a ver durante años. Hasta que apareció Facebook.
Al llegar la graduación ambos eligieron la ingeniería, Antonio la industrial y Félix la mecánica. Mientras en su ingeniería al primero lo rodeaban hermosas mujeres sin este saber ni poder llegarles a ninguna de ellas, al segundo, que tenía la labia y el material para conquistar a todas, lo perseguían las feas. Tanto así que, por falta de material, para el segundo semestre casi toca elegir a Félix la reina de Ingeniería Mecánica para las fiestas de la U. A los dos les fue como los perros en misa y un par de semestres después saldrían por la puerta de atrás. Cada uno tomó su camino y no se volvieron a ver durante años. Hasta que apareció Facebook.
Antonio
venía escribiendo interesantes cosas en dicha red y daba sus pasos como blogger
del Heraldo. Félix arrancaba, con un poco de vergüenza y mucho de ignorancia,
sus primeros escritos en su propio blog, el cual no leía nadie. Facebook era
una red para conectar amigos actuales o reconectar a los que no se habían visto
en años. Todos trataban de participar en las discusiones que le interesaran,
pero ambos eran celosos de a quién le permitían la entrada en su pequeño mundo
virtual. Por eso, aunque coincidían en muchos puntos de vista, algo
los demoró en hacer el link virtual. Hasta que un día Félix decidió prostituir
su página, bajar considerablemente sus pretensiones de amistad y ampliar su
base de amigos; así se atrevió a enviar la solicitud y encontró que ese
personaje con el que siempre se llevó bien, pero que poco intimó en el colegio,
tenía una manera de pensar muy afín, por lo que así se fue engranando una buena
amistad. Una nueva que poco tenía que ver con los tiempos del colegio, donde
todo se limitaba al ámbito escolar y solo coincidían para una buena faena de
jodedera o un vibrante partido de fútbol.
Su amistad se afianzó con los viajes de
Antonio a Miami, donde Félix lo trataba como príncipe invitándolo a los mejores
restaurantes, llevándolo a su casa a deleitarse con comida preparada por él y
su bella y gentil esposa o llevándolo de paseo con toda la familia por las
playas de Fort Lauderdale en su bote. Antonio, como retribución a todo eso, no
la pela con llevarlo a tomar jugo con matrimonio de bollo de yuca y queso en la
frutera La Inmaculada cuando su amigo visita Barranquilla. Un trato justo al
parecer de Antonio. El caso es que entre invitación e invitación y la
interacción que por varios años han tenido en Facebook este par de personajes
han encontrado una amistad sincera, desinteresada y transparente. Quién lo
creyera, esos dos que en el colegio casi ni se hablaban, hoy en día hasta se
atreven a hacer este escrito a cuatro manos, y lo mejor de todo, lo disfrutan
de principio a fin. Brindemos por esa amistad. Amistad de la buena. ¡Salud!

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