Friday, September 12, 2025

Lady Di y el Principe en Liberty City

foto robada de Google www.lanacion.com.ar
 

Un dia...


En el 2004 trabajaba en Miami en una de las cadenas de almacenes de muebles contemporáneos mas reconocida y bonita del sur de la Florida. Era una empresa pequeña si se compara con los monstruos de muebles de acá, pero con muy buena presencia en Miami.

Un día, tendría un par de meses viviendo acá, mis jefes viajaban a la feria de muebles que hacen en High Point, Carolina del Norte. La noche anterior, hablé con ellos y les ofrecí llevarlos al aeropuerto, pero ellos con poco interés, me dijeron que ya tenían quien los llevara, así que yo me olvidé del tema.

El dia del viaje, yo llegué a mi trabajo tipo 9.00 am, como de costumbre. Venía manejando un dolor de muelas hace un par de dias, pero yo tenía que viajar a Colombia el fin de semana, por lo que estaba apuntandole a tratarlo en Barranquilla, como lo hacemos todos los colombianos acabados de llegar. Cuando manejaba hacia la oficina, casi en frente del parqueadero, se prendió el bombillo de la gasolina, ¡Uy, para regresarme tengo que echarle gasolina al carro!, pensé.

Abrí oficina y arranqué labores, como a eso de las 9.30, me llama estresado mi jefe: "Por favor llevanos al aeropuerto, quien me llevaba, me quedó mal".
Estábamos "ras con bolas" con el tiempo, así que me paré corriendo del escritorio y salí de una a buscarlos.

Cuando los recojo, a mi carro se subió Lady Di y el Príncipe Carlos, blower perfecto, perfumadísimos, llevaban el closet y toda la bocelería encima.

Se subieron, con sus elegantes maletas de mano y salimos para el aeropuerto. Estábamos a unos 20 minutos del aeropuerto desde la casa, iba como a 80 millas por hora por la autopista. Venimos conversando tranquilamente, cuando en un momento miro el tablero y me recuerdo el tema de la gasolina, me sonrío, pero no digo nada. Mi jefe, que iba en el puesto del copiloto, me pregunta que de qué me rio, no alcancé a decirle que 'de nada', cuando el carro empieza a toser y se apaga ¿qué hago? Solo lo miro con cara de espanto y aprieto la boca.

Venía de la playa por la autopista 112 hacia el aeropuerto, justo luego de cruzar la i95, la única salida está a unos 300 metros, así que con el impulso me tiro hacia allá. El carro rodó un par de cuadras hacia adentro, yo no conocia, tenía poco de haber llegado a Miami. Estaba en pleno Liberty City, tal vez, el barrio mas peligroso de Miami.

Lady Di empezaba a estar histérica, iba perdiendo el glamour, el Principe aún no entendía bien que pasaba y solo daba para decir: me va a dejar el avión. El barrio estaba repleto de gente rara, que nos veía como a moscas en leche. Lady gritaba y decía que la iban a violar.

Me bajé del carro y pude ver que a dos cuadras, adelante, había una gasolinera. Salí a correr, a lo que me daban las patas. Entro y el tipo de la gasolinera no hablaba nada de español y yo nada de inglés, así que con señas y plata en mano, le pedí que me habilitara el 'pump' con 10 dólares y agarré de la nevera un Coca Cola dos litros, que procedí a botar de una. La llené, creo que se llenó antes de los 10 dólares, pero no me molesté por buscar el cambio.

Corrí a toda de regreso al carro. Ya en ese momento, con la carrera, el susto y el calor del duro verano que azotaba a la ciudad, el dolor de muelas era intratable. Al llegar al carro había unos seis tipos enormes, de muy mala presencia al rededor del carro. May I help you?, le alcancé a entender a uno. Yo trataba de sonreír y solo daba pa' balbucear: No, thanks! No sé si con la boca o la cabeza.

Le eché la gasolina al carro y brinqué al puesto del chófer, prendí y salí como un bólido.  Solo en ese momento me di cuenta que a Lady Di las gotas de sudor le embarraban de maquillaje la cara, tenía un moño dominguero en la parte alta de la cabeza y sudaba como caballo cochero. El Principe se había quitado la elegante chaqueta de cuero, se secaba el sudor con la bufanda, mangas remangadas y la camisa completamente marcada de sudor; trataba de decirme: sácame de aquí, que nos quieren joder, pero lo decia casi que con los ojos por miedo a los vecinos que seguían hábidos de ayudarnos.

Alcancé a volver a la estación a echarle algo mas de gasolina al carro y volví a la autopista, esta vez como a 150 millas por hora. El pobre carro a lo que daba. En ese momento, mi jefe me pregunta que en qué traje la gasolina, le conté el cuento de la Coca Cola, a lo que de una me dijo: el azúcar no es bueno para el motor del carro. Lo juro, si no fuera por el sentimiento de culpa y porque ellos perderían el vuelo, lo hubiese bajado a empujones del carro.

Llegamos y por supuesto, fueron los últimos en abordar el avión. Aún nos acordamos y nos reímos a carcajadas del día que Lady Di y el Principe Carlos terminaron suda'os y con un moño dominguero en medio de Liberty City.

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