Cada vez que vuelvo me es imposible dejar de mirar cada rincón y no recordar anécdotas que allí pude haber vivido, pero ahora debo esforzarme para reconocer cada lugar. Es una rutina: volver, recordar, esforzarme, comparar y añorar.
Por avión, la primera impresión no es la mejor, creanme que lo que viene luego puede ser mucho mejor, pero la llegada es caótica y la salida aún peor. Me dicen que, en carro, el joven Pumarejo es imponente, buen mozo, vital, como de otro mundo; aunque el viejo Pumarejo se resista a irse, agasapado se mofa de todos, ahí se ha quedado, calladito, atravesa'o, eterno, guardando un futuro y jugoso contrato de demolición en su ser.
Al buen Ernesto lo recuerdo gris, bello; luego, tal vez, en decadencia, pero con la esperanza de volver a ser; pero la cirugía le quedó mal hecha; parece esa vieja medio disfuncional, rellena de botox, suda', pintorrete'a, coja y de pelo mal alisa'o, sin la esperanza de volver a ser.
La Prosperidad, es un 'hit'. Una vía más rápida que te evita más de un dolor de cabeza. Con tal de no pagar el peaje, poca gente se mete, lo que lo hace un 'express lane' en la que puedes ir a 100 km/hr, poco visto en estos lados.
Lo del Malecón del Río es increíble, ¿cómo pudimos darle la espalda al río? ¿Cómo se la damos al mar? Algún día llegaremos, pero lo del río es como si hubiesen tirado una pared y, por fin, hubiésemos visto el horizonte; como ese familiar del que contaban historias heroicas, pero nunca estaba, siempre supimos de él, pero solo ahora se dejó conocer.
Hoy, hay muchísimas cosas que conocer y visitar, los parques, la Aleta del Tiburón o la Ventana al Cielo; en mi época un visitante, si acaso, iba a Sao. Pero llegaba y no se quería ir, hoy no sé.
Ya no hay casas, se volvió un sitio de modernos edificios; inmensas moles de apartamentos, de balcones azulitos, con porteros elegantemente uniformados, pero que no son lo mío. Ya no se pueden robar mamones en la casa de los Sabagh, ni peritas donde Yaye.
De esa cuadra llena de pela'os malos, jugando bola'e trapo y volviendo locos a todos en el vecindario, ya no queda nada. Ahora, viven 100 veces más familias, pero se ven menos niños, todos estarán en clases de 'de-cuanta' cosa; fútbol, en canchas sintéticas, o jugando con modernas consolas, o en terapias de fonoaudiologos, psicólogos o cualquier otro 'ologo. Antes, el fútbol se aprendía en la mitad de la calle; el tatareto y el pati'meti'o se enderzaban a puño. Las actitudes psicomotrices se desarrollaban volando paredilla, robando mango o corretia'o por un perro.
La ciudad es otra, yo añoro la mía. ¿mejor ahora? Si, de pronto a todos les parezca mejor, ya no sería posible tener esa Barranquilla, la mía: ahora somos 5 veces mas, con 10 veces mas carros, imponentes centros comerciales y muchos edificios; pero si pudiese escoger, yo prefiero la mía, la de la 84 a dos carriles, Tito's Bolos, Tropique y el Gran Centro. Con menos gente; la del arroyo, el Festival de Orquestas en el Coliseo Cubierto y cine en el Cinerama, el Metro o el Capri, que ya ninguno existe.
Me pasó como a Joaquin Sabina:
"Y en lugar de tu bar
Me encontré una sucursal del banco hispano americano".
Y quise vengarme:
"Tu memoria vengué
A pedradas contra los cristales".
Ya no puedo comprarme un jean en Giggolo, donde Loren y la Nena; ni comerme un pollo con miel de American Broasted Chicken, no hay Vaquerito en el Paso, ni la mejor comida turca del mundo mundial: Panadería los Trigales, pero bueno, también hay una infinidad de restaurantes nuevos que antes no habían, aunque aún yo prefiera los que ya no están.
Ya no existe Oscar, en la 52, ni Fabio perro, en la 84; Fabio licores es otra cosa, ahora es disque 'Pub & bar', el mío era 'garaje & bordillo': Como pidas una Karla, te saca el tipo a patadas, ¿se acuerda alguien de la Karla? El Boone's no lo toman ni los policías. Las Vaqueras son una aburrida venta de colchones. Y Baja Beach y OH Curramba, un monte de cadillo, paco-paco y culebra.
No hay manera de frenar el desarrollo, pero tampoco forma de no añorar esa ciudad lejana que murió en el tiempo y que reencarnó en esta chica alta, esbelta, pero complicada, cansona y caótica. Yo prefiero la chaparra, salerosa, bordillera, chismosa y amable, de antes; la del banco a dos jornadas, con almuerzo en la casa y siesta obligada.
Siempre me pasa, ya de esto he escrito mil veces, mi opinion no es objetiva, siempre la Barranquilla de hoy perdera por goleada ante la mía. Llego y todos, orgullosos, me preguntan que tal me parece, esperando mi asombrado piropo. Pero yo me quedo corto, lo pienso, pongo mala cara o me quedo callado. No es que no haya evolucionado, el problema fue que evolucionó.
Si me preguntan de Barranquilla, tendré que preguntar: ¿Cuál? Qué pena, la de hoy, me es extraña, no la conozco; de la de hace un ratico, les puedo dar cátedra. Ya entiendo el porqué mi papá comparaba a mi Barranquilla con otra que sacaba de su imaginación, que no existía, donde él me mostraba elegantes mansiones, yo veía sucios talleres o casas en ruinas; solo lo entendí ahora que mis hijos, incrédulos, me piden que les muestre esa Barranquilla de mi memoria, que ya no existe y que ya no sé si existió o, si quizá, me la inventé.

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