Cuando llegué a vivir de vuelta a Barranquilla, de unos 14 años, me encontré con el fenómeno de los gamines por mi casa, niños de la calle que para la época eran de mi edad.
En la cuadra, por la Torcoroma, había una cuerda grande de pela'os que pasábamos todo el tiempo entre jugar bola e trapo y hacer maldades en los alrededores. Los gamines siempre estaban ahí, eran amigos nuestros y fueron creciendo con nosotros.
Poco a poco se apoderaron de los parqueaderos alrededor, el jefe siempre fue el "Mono". Él le rentaba los espacios a los otros gamines y el contrato era a cuchillo. Él como que era bueno en eso porque todos lo respetaban.
En cambio con nosotros eran unos ángeles que nos cuidaban. Mi mamá salía a misa temprano el domingo y ellos la acompañaban y le decían que debían hacerlo porque por el área llegaban muchos de afuera que no la conocían.
En el parqueadero de la Iglesia jugábamos bola'e trapo y hacíamos campeonatos. El Mono hacía la convocatoria y hasta fungía de narrador: "Se enfrentan los ricachones, los gamines y los mantecos", fingiendo la voz gruesa, tratando de imitar al inmortal Edgar Perea.
Hacíamos equipo nosotros, los gamines y los pela'os que trabajaban en las casas al rededor. La bola rodaba y ahí todos éramos iguales, todos éramos felices.
Un día le digo al Mono, "aja, ¿cuándo echamos la pateada?", a lo que con su siempre chispa me respondió: "Nombe, ustedes son muy puercos, tiran mucha patá". Yo no podía parar de reirme de saber que él que era un curtido niño de la calle, me dijera que no jugaban por temor a un golpe de nuestra parte.
Nunca esos pela'os nos ofrecieron drogas, nunca nos trajeron algo robado, nunca nos propusieron hacer algo malo, nunca nos hicieron daño.
Ellos caían en crisis graves de drogas, a algunos tuvieron que llevárselos la policía a hogares para recuperarlos. Muchos fueron asesinados entre ellos, o por parte de la policía o hasta cualquiera que sintiera que ellos lo habían robado.
A mi me daba mucha lastima cuando los veía destruidos por la droga. El Mono que era tal vez el más representativo y más amigo, recibía todo tipo de regaños e improperios cuando lo veía sucio, flaco, la cara halada, los huesos salidos, ya nosotros lo conocíamos cuando estaba jodido. Y él se nos escondía, sabía que lo estaba haciendo mal.
Por la casa varias veces le pagaron tratamientos de recuperación. Y salía como el ave Fénix, se reponía, se veía atlético, ahí si chistoso, se acercaba cuando nos veía y se jugaba como siempre con nosotros. Un día le preguntaba que por qué caía, si sabía lo mal que le iba. Él me confesó que su mamá era quien le daba droga cuando estaba tratando de no consumirla. Era una tragedia increíble.
Todos crecimos, nos volvimos viejos y ellos aún están ahí, son los gamines de la cuadra.
Un día, hace ya 15 años, estaba lavando mi carro en la puerta de mi casa. Él se acercó a burlarse de mi labor. Mi esposa le decía que debía dejar la calle, pero él nos decía que no había trabajo que le diera lo que el hacia en la calle. Nos confesaba que tenía mujer e hijos, que mantenía. Que en el peor momento de droga, se gastaba hasta 65,000 pesos diarios de la epoca, solo en droga. Y que aún así, le alcanzaba para pagar todo.
Cuando me fui a vivir fuera, le perdí el rastro. Hasta que un día volví de paseo y él estaba ahi, como siempre, dueño de su entorno, fortachon, dicharachero, chistoso, metiéndose con todo el que a su lado pasaba. Lo saludé con mucho cariño y le pregunté por su vida; me dijo que llevaba unos 2 años limpio de drogas, que el último tratamiento le funcionó y que no recaería más. Me alegré muchísimo.
En medio de las risas y sus cuentos, yo le reclamé que él siempre hacia la diferencia entre ricachones y gamines, pero que al final todos íbamos pa'l mismo hueco; a lo que él, como siempre, con mucha chispa, me dijo: "No señor, no vamos pa'l mismo hueco, tu vas pa Jardines de la Eternidad, bacano, con aire, tinto y una pila'e gente llorando; yo, si tengo suerte, termino en una fosa común en el Calancala y nadie va a llorarme".
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