Sunday, December 9, 2018

Transmetro, de lujo.

Nunca antes me había montado en el famoso Transmetro. Jugaba Junior,  Tu Papá,  el primer partido de la final contra el DIM, por la liga colombiana, por supuesto, en el estadio Metropolitano.

El sábado en la mañana tenía las boletas en mi poder, gracias a la gestión de uno de esos amigos de sangre, que aunque no los vea nunca, siempre están ahí, para bien o para mal, como si no hubiese pasado un día; y digo que para mal, porque ese trato hostil, matonero y burlón no cambia un ápice; no da cabida a ningún protocolo de agradecimiento. Los adjetivos calificativos de las conversanes previas y postpartido, no son publicables por temor al cierre inmediato de este blog. De igual forma y por aquí, dejo testimonio de mi agradecimiento.

Luego vino la duda: ¿En que nos vamos?

Unos decían que ya no había parqueadero o era muy pequeño. Otros que los amigos de lo ajeno se hacían presente; y otros simplemente que el carro era un encarte. Total, el carro no era opción.

Me recomendaron el Trasmetro, iba con mi hermano que se sabe manejar en él, así que por ese lado iba tranquilo. Nos subimos en la Torcoroma, un bus alimentador que nos llevó con tranquilidad a la estación del Romelio, la del propio Joe.

Quedé con la boca abierta, primera vez que en mi vida, veo en Barranquilla, filas organizadas para subir a un bus. No les tomé una foto por las repetidas veces que mi mamá me dijo que no sacara teléfono en la vía pública; aunque mas de uno estaba matando rato en su aparato. Yo estaba con orgullo ajeno por la fila.

Transmetro es un inmenso bus que rueda en una vía destinada para él,  así que no importa el trancón, él va a su paso. Acaba con la guerra del centavo, el sueldo del chofer no depende de cuanta gente amontone, así que no va matando a nadie, ni embutiendo gente. Los buses son cómodos, seguros y hasta económicos.

De ida ibamos sentados, cómodos, mirando la ciudad. Reviví lugares y épocas que de otra manera no hubiese visto. También pude ver cosas que no conocía,  como varios  parques y la ampliación de la Plaza de la Paz, que me pareció va a quedar muy bien. Unieron la plaza, desde la Catedral, hasta el Banco de la República. Ojalá sea espacio verde y arbolizado, aún no me quedó claro si será cemento o verde, pero de igual manera, la ciudad respira con esos parques amplios.

Llegamos a una estación, al final de la Murillo, todos estabamos encantados con él; hasta mi hijo que alcanzó a echarse una siestecita.

Entramos al estadio y Papá le empacó cuatro al DIM, así que la cosa no pudo ser mejor. Mi hijo, que al principio estaba asustado, ya al final coreaba cuanta barbaridad cantaba el estadio. En un momento del partido me quitó la atención que estaba poniendo en el juego, para decirme, "Papá tenías razón", yo que no quería quitarle el ojo al balón, de reojo, le pregunté que a qué se refería, a lo que él me contestó: "Este es el día que mas groserías iba a oir en mi vida". A lo que, en medio de mis risotadas, continuó: "Yo las repito en mi mente, pero ¿Puedo decirlas?", a lo que riendo le contesté: "Esta es la zona de distención, es free zone, en el estadio, puedes decir lo que te de la gana".

A la salida, la idea era agarrar un taxi, pero a pesar que habían 1000, todos estaba ocupados. Me iba estresando, caminamos hacia la Murillo, con rumbo a la Ciudadela, había un río de camisas del Junior y cada persona era un carnaval. Cada uno sacaba el Edgar Perea que lleva dentro. El uno comentaba la jugada de Teo, el otro el gol de cabeza, había quien sacaba la bola de cristal para adivinar lo que pasará en la historica final en Brasil o lo difícil que será perder la final en Medellín.  Yo con mi pela'o en una mano y mi mujer en la otra caminaba rápido,  aunque alcancé a echar una que otra opinión al aire.

Lo del taxi, imposible, así que de vuelta al Transmetro. La estación estaba repleta. Y yo, neófito, me asusté un poco.

Los buses recogían y salían, la fila se evacuó muy rapido, a pesar que de los más de 40,000 personas que salimos del partido, 39,999 parecían que se montaban el bus.

Cuando llegó nuestro turno, hasta silla le tocó a mi esposa e hijo, y mi hermano y yo, de pie. Muchísima gente en el bus, que transladaron la mamadera de gallo de la grada al bus.

Yo que estaba enfundado en la de rayas rojas y que cuando abro la boca me sale el barranquillero desde la tripa, supe rápidamente que cuando gritaron: "El calvo es cachaco", la vaina no era conmigo.

El bus era pura alegría y jodedera. No tengo una sola queja, llegamos al Romelio de vuelta y pa' la casa.

Quien lo vive es quien lo goza y yo me lo gocé. Ayer conocí una parte bonita de esa Barranquilla nueva que no me tocó.  Prefiero la mía, pero la mía ya no vuelve, hoy hay mucha gente, esta es otra cosa.




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