Después de la tempestad viene la
calma, dicen, aunque en Colombia parece que estamos siempre en invierno y un chaparrón
viene seguido de otro chaparrón.
Estábamos tratando de digerir el
accidente del Chapecoense, donde los paisas salen muy bien librados en cuanto a
que se comportaron a la altura, pero donde el resto del país mostró su polarización,
minimizó su buena acción e incluso aprovechó el buen gesto para enrostrarles
que el NO ganó, que parieron a Uribe y otra cantidad de cosas feas, que aunque
seguramente sí han pasado, no son para traerlas en los momentos en que se obra
correctamente. ¡Calma por Dios, calma!
Cuando se obre mal, castiguemos,
cuando se obre bien, premiemos, pero no podemos empegostar una cosa con la
otra.
No salíamos del estupor del
accidente de LaMia, cuando nos despertamos con el macabro asesinato, tortura y violación
de la niña desplazada de 7 años, a manos de un arquitecto, rico, de estrato
alto, con familia reconocida. Este horrendo incidente tiene todos los ingredientes
del amarillismo y como los colombianos nos hemos convertido en jueces del internet,
todos salimos a relamer al muerto. Y volvimos a mostrar nuestra polarización,
unos piden cadena perpetua, otros castración, otros pena de muerte, otros que
lo absuelvan porque las FARC son peores e incluso hoy leí una formula en la que
se solicitaba que el tipo construyera barrios para desplazados y que solo
recibiera un sueldo mínimo a cambio. ¡Calma
por Dios, calma!
Lo primero que tengo que decir aquí
es que utilizar estos incidentes como herramienta política es de lo más bajo
que he oído. Segundo, tenemos que tener calma, la falta de credibilidad en las
autoridades nos está llevando a querer tomar la justicia por nuestras cuenta,
menos mal solo tenemos un teléfono en las manos y no un fusil. ¿Nos estamos
comportando como ‘paracos’? Tercero, No podemos estar legislando y cambiando
las reglas del juego (Leyes) con cada caso particular que ocurre. Y cuarto, me
pregunto: ¿Hay colombianos de primera y de segunda categoría? ¿Son las leyes
estratificadas como el recibo del agua o la luz?
Hace poco hablaba con un primo,
joven, con estudios superiores y con galardones de honor en todos los
estamentos educativos por donde ha pasado, un tipo inteligente por donde se le
analice. Este me dijo algo que de inmediato me sonó a lo más sorprendente que
he oído dentro de una democracia, pero que luego me hizo pensar mucho en el
tema. Sigo sin estar de acuerdo, pero sí habría que analizarlo. Me dijo:” ¿Por qué
mi voto vale lo mismo que el de una persona en condiciones de miseria o el de
un hombre de la calle, sin ningún tipo de educación?”. Yo brinqué a discutirle
el punto, a lo que el continuo: “Esta gente está eligiendo mandatarios en todos
los niveles del gobierno, vendiéndose por un plato de comida, yo puedo, desde
mi posición de persona educada hacer un análisis y llegar a un voto responsable,
mientras ellos son muchos más y votan según el sinvergüenza que los manipule”. Luego
continuó diciendo, “Al menos debería existir un tipo de examen que mida
el grado de habilidad de la persona para determinar si puede o no votar”. Hay
que pensarlo, pero aceptaríamos que hay ciudadanos de primera y ciudadanos de
segunda.
Vamos ahora a los casos en que la
justicia actúa. Leemos todos los días del hacinamiento en las cárceles, pero al
mismo tiempo vemos que los Nule no van al mismo patio hacinado, ellos tienen
apartamentos completos con chef y servicio de cable e internet. Oímos de las
rumbas de John Calzones en la cárcel. Oímos de las de Emilio Tapia. ¿Por qué
unos van a lugares asquerosos y peligrosos y otros a lujosos y seguros penales?
El robo al erario público genera las diferencias que tenemos e invita al
desvalido a delinquir, deberían tener trato de reos normales y no de príncipes
de una realeza que se las da el dinero robado al pueblo. Las cárceles están distribuidas
tan injustamente como la riqueza en este país. Ni hablar de la mansión por cárcel
que tanto está de moda ahora.
Veremos cómo termina el caso de
Uribe Noguera, si por fin la justicia actúa como debe ser o si pesa más su posición
social y económica.
No es nuevo, cuando Gaviria fue
presidente, sacó una ley antisecuestro, pero no contaba con que su hermano
seria secuestrado, por lo que tumbó la ley para que a él no lo cobijara. ¿Si
fuera yo, hubieran tumbado la ley?
Cuando Turbay Ayala quiso volver a
casarse, el Vaticano anuló su matrimonio por ser pariente de su ex esposa. Esto
luego de muchos años de separación e hijos adultos, en una época donde el
divorcio cristiano era casi imposible. ¿Si hubiese sido yo, hubiese tenido que
cargar con la prima hasta que la muerte nos separe?
Los presidentes son intocables, a
Samper se le meten elefantes, a Uribe no le cabe una investigación más, Santos
se revuelca en mermelada, Pastrana, Gaviria, todos. Pasan y en lugar de pagar
sus penas se vuelven grandes héroes de la patria.
Hay intelectuales, gente de gran valía mueriendo en la miseria, mientras los gobernantes, sin ningun tipo de cualificacion, deciden el destino de la gente desde sus puestos de privilegio. Cuando veo el reparto de la contratación
que siempre cae en las mismas manos; cuándo vemos los delfines y
empresas políticas que se pasan el poder de una generación a otra; cuando veo
lo ‘suertudos’ de los hijos de Uribe, que convertían potreros en zonas francas;
cuando vemos los accesos a la educación, a la salud, a la justicia, no solo me
pregunto si hay ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, en realidad creo
que hay como 7 clases de ciudadanos, y lo peor no tengo idea en cual califico.
No es un tema menor, mientras
hayan privilegiados escupiendo hacia abajo, siempre habrá gente dispuesta a
hacer valer sus derechos por las armas.
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