Pasaron las Navidades, una época llena
de magia, aunque este año no sentí ni en mí, ni mi alrededor, ni siquiera en la
ciudad, ese espíritu navideño de otras épocas.
Días antes mi hijo me preguntó: ¿Por
qué unos dicen que el que trae los regalos es el Nino Dios y otros Santa Claus?
Solo atiné a decirle que son creencias y tradiciones y que cada uno cree lo que
cree; que nadie lo ha visto y que el final solo interesa comportarse bien con sigo mismo y con los demas.
Pero hay muchos niños que se
portan bien y no son recompensados y otros niños que son terribles y son
recompensados de mejor manera que los que se comportan mejor. La reflexion me hizo pensar en si es correcto meterles en la cabeza que el regalo de
Navidad es proporcional al comportamiento, ellos podrán fácilmente comprobar
que no lo es y pensar que el sistema es muy injusto. Y tendrán la razón.
Mi hijo de 5 años, estaba feliz,
el 24, a eso de las 12 de la noche, les dijimos, a él y a todos los niños que
estaban en nuestra reunión familiar, que ya Jesús había pasado a dejar los
regalos. De inmediato se armó la confusión, unos estaban pletóricos de
felicidad, otros gritaban, mi hijo, atrás, rezaba por no encontrarse ni con el Niño, ni con Santa,
le tiene pánico a todo lo que se vea como muñecos, sufre a Mickey Mouse, no puede
con los payazos y le aterra el adorable Santa. Por un momento, estoy seguro,
hubiese preferido quedarse sin regalos, que encontrarse de frente a alguno de
estos personajes.
Por un buen rato los tuvieron
dando vueltas por toda la casa, mientras los esforzados padres, corríamos a
preparar la entrega. Yo le quitaba las rueditas a la bicicleta, otro
reacomodaba los regalos que había dejado en el lugar equivocado, y que de la
misma emoción, a pesar de estar a la vista de todos, no habían sido encontrados,
y otros corrían cargando un inmenso carro eléctrico, que fue de los preferidos
de la noche. Cuando finalmente, los
padres nos unimos a la búsqueda, el sitio designado por Santa fue encontrado.
La emoción se tomó el lugar,
algunos papas estábamos más excitados que los mismos niños, que no sabían a
donde mirar. El mío, trataba de montar
su bicicleta, pero una caja que aún no soltaba, no le permitía hacerlo. A otro niño,
se le iban los ojos en un diminuto muñeco, que yo nunca identifiqué quien era,
mientras sus padres le ataban los patines, que eran los preferidos por ellos. Y el del carro aceleraba por toda la calle,
mientras su padre corría detrás, como loco, gritando instrucciones que nunca
fueron oídas por el habilidoso piloto.
En un momento dado, cuando cada
uno había hecho algo con su juguete estrella, se inició una práctica que me llamó
mucho la atención, los niños, por consejo de los padres, comenzaron a compartir
sus juguetes y sin muchas quejas, todos usaron la bicicleta, el carro, los
patines, etc.
A todas estas, yo me preguntaba, ¿cuántos
niños estarían pasando sus navidades sin un juguete, sin unos zapatos o incluso
sin una cena especial?
Hoy mi hijo me dijo que estaba
feliz, que todos los regalos que había recibido en la Navidad le habían gustado,
pero que ninguno supera a lo traído por Santa. Pero, ¿cómo competir con él?
Nosotros acostumbramos ponerles los mejores presentes a nombre del barbudo de rojo
y otro a nombre de nosotros, normalmente 'la aburrida' ropa.
Si todo lo trajera Santa, fuera aun peor, al menos así Santa no nos deja como un 'zapato'.
La cosa siempre me pareció medio
injusta, pero creo que la emoción y la motivación del espíritu navideño valen
la pena, es lindo que los niños tengan la ilusión de Santa y sus regalos, pero para
algunos debe ser realmente desconcertante que hasta cuando el Niño Dios
reparte, lo hace según la declaración de renta del papá.
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