Thursday, December 1, 2016

Aún Me Lo Recrimino

Corría el año 2001, creo, para entonces yo era administrador de empresas y fungía como gerente de operaciones en el Citibank. Andaba repleto de trabajo, casado y con un hijo, quien llenaba todo el tiempo extra del que pudiese disponer. Pero yo seguía con el gusanito de estudiar Derecho. Tarde me di cuenta que eso era lo que quería. Ya había intentado, sin mucho éxito, ingresar a la Unilibre. Me presenté, pasé, me matriculé, pero el Citi no me daba tiempo. Así que me retiré antes de empezar.
Un día se me acerca un amigo, quien trabajaba conmigo, me dice: “Jefe, matriculémonos en la del Atlántico para Derecho”. A mí la cosa me sonó. El Citi no me daba mucho espacio, pero las cosas las habíamos organizado mejor. Fuimos y nos registramos. El examen de admisión lo presentamos 1,800 personas, yo pasé de 60. Es un examen muy similar al Icfes, pero ya habían pasado varios abriles desde aquellos 1989, yo lo sentí dificilísimo, pero pasé.
Cuando vine a ver estaba metido en ‘semejante berenjenal’. Fui a mi primera clase. Las edades no eran problema, habían muchos muchachos jóvenes, recién graduados, pero habían contemporáneos a mí, e incluso mayores. Pero aun así, yo me sentía como “mosca en leche”. Pero mi actitud cuando llego a algo desconocido siempre ha sido la misma, trato de no llamar la atención y ser amable con la gente, el resto se va resolviendo en la marcha.

Esas fueron las clases más interesantes a las que yo haya asistido alguna vez. Me quito el sombrero ante los profesores. El tipo que se pare enfrente tiene que venir preparado, sino el auditorio se lo come. Eran clases de 35 o 40 personas cálculo yo. Pero cualquiera levantaba la mano y de allí se desprendía la discusión, argumentada, más interesante que haya oído. Oído, porque al principio yo no abría mi boca.

La jerarquía con que se maneja un profesor de la universidad privada, no es igual aquí. El profesor que quiera ser respetado, debe ganarse ese puesto. Aquí no hay mucho espacio entre la autoridad del profesor y el derecho a expresarse del alumno. Y no hay temor.

Uno de los mayores problemas que me encontré fue el tema de los paros. Habían profesores Catedráticos y de Nomina. Uno tenía que saber la relación contractual del profesor. Habían paros de los Catedráticos, si no ibas a clase y el profesor era de Nómina, estabas en problemas. O viceversa. También había paros totales. El tiempo pasaba y no tenía idea cuando acabaría el primer semestre. Y me preguntaba ¿Cuándo iba a hacer 10 semestres, en una universidad que era medio desquiciada?

Un día llegué a clase de 6.30 am. Mi carro era el único en el parqueadero, en la entrada de la Universidad por la carrera 43. Entré a la universidad, que a eso de las 6.15 am parecía una casa embrujada. Aún a oscuras, no había un alma. Entré, subí y me paré frente a mi salón. De pronto, de la nada, salen tres tipos. Sus caras podrían ser usadas en un atraco. Uno se dirigió a mí y me preguntó “qué carajos hacia ahí”. Yo solo atiné a decir que esperaba entrar a clase. El tipo me dijo, en realidad me ordeno: “Piérdase, primo, aquí se va armar la buena”. Yo Salí casi que corriendo, me monté en mi carrito y pa’ mi casa.

Otro día llegué y había huelga de profesores. La universidad cerrada y militarizada. Pasaron varios días. Un día mi esposa me preguntó por las clases y le dije: “Estamos en huelga”. Fuimos a hacer unas diligencias y casualmente pasamos frente a la U. La actividad en la universidad era normal. Me acerqué a uno de los estudiantes y le pregunté: “¿Amigo, y la huelga?” y me respondió: “¿Cual huelga?”.

Una de las experiencias que más me marcaron y de la que aún me reprocho, me sucedió en la UniAtlantico. Teníamos examen parcial, no recuerdo de qué; el profesor, de muy ‘mala leche’, se quedó parado junto a la puerta, reloj en mano. En el momento que el segundero marcó las 6.00 pm, miró afuera y cerró la puerta. Él que cierra y un golpe a la puerta que se escucha. Estoy seguro que el profesor alcanzó a verla, antes de cerrar. Era una alumna que imploraba le dejaran hacer el examen. El profesor dictó los 5 puntos, como si no escuchara el clamor de la alumna. Cuando terminó, se dirigió a la puerta, abrió y en forma acusatoria, y en voz alta, le recriminó a la alumna que ella se quedaba afuera, escuchaba los puntos, hacia la trampa y luego entraba a hacer su examen. ¿En qué momento ella haría todo eso?
Ella le imploraba la dejaran tomar el examen. El tipo seguía recriminándola. De un momento a otro y cuando explotó la primera lagrima, esta trajo con sigo el primer hijueputazo. En adelante el profesor ya no era llamado por su profesión o su nombre. Ella no lo bajó de triple hijuetantas. Entre lágrimas y alaridos, ella le decía que tenía una jefe que la explotaba, que ella era aseadora en un colegio, que había “tirado escoba y trapero” todo el día; y que la señora, a pesar que ella le había pedido permiso con anterioridad, le había negado la posibilidad de salir 5 minutos antes a cumplir con su examen.
Ese era el plan trazado para superarse. Sería abogada, dejaría la escoba y podría buscar una mejor vida, para ella y para su familia. Y el profesor y su jefe, se lo estaban arrebatando.
El profesor nunca dio su “brazo a torcer” y la alumna, desconsolada, se fue a la rectoría a denunciar el abuso. Mientras tanto, yo me recriminaba, y aún me sigo recriminando, por no haber tenido el valor de levantarme y solicitarle al profesor cambiara mi oportunidad por la de ella.


Yo estaba lleno de trabajo y estrés. Cumplir con los horarios se me había convertido en un deporte extremo. Al final claudiqué. Me quité, y le quité a alguien, la oportunidad de ser abogado. Tal vez, solo tal vez, ahora sería Abogado de la Universidad del Atlántico, pero eso sí, sería algo reciente, los tiempos en la Universidad Publica son cosa de locos.

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