Corría el año 2001, creo, para
entonces yo era administrador de empresas y fungía como gerente de operaciones
en el Citibank. Andaba repleto de trabajo, casado y con un hijo, quien llenaba
todo el tiempo extra del que pudiese disponer. Pero yo seguía con el gusanito
de estudiar Derecho. Tarde me di cuenta que eso era lo que quería. Ya había intentado,
sin mucho éxito, ingresar a la Unilibre. Me presenté, pasé, me matriculé, pero
el Citi no me daba tiempo. Así que me retiré antes de empezar.
Un día se me acerca un amigo,
quien trabajaba conmigo, me dice: “Jefe, matriculémonos en la del Atlántico
para Derecho”. A mí la cosa me sonó. El Citi no me daba mucho espacio, pero las
cosas las habíamos organizado mejor. Fuimos y nos registramos. El examen de admisión
lo presentamos 1,800 personas, yo pasé de 60. Es un examen muy similar al
Icfes, pero ya habían pasado varios abriles desde aquellos 1989, yo lo sentí dificilísimo,
pero pasé.
Cuando vine a ver estaba metido
en ‘semejante berenjenal’. Fui a mi primera clase. Las edades no eran problema,
habían muchos muchachos jóvenes, recién graduados, pero habían contemporáneos a
mí, e incluso mayores. Pero aun así, yo me sentía como “mosca en leche”. Pero
mi actitud cuando llego a algo desconocido siempre ha sido la misma, trato de
no llamar la atención y ser amable con la gente, el resto se va resolviendo en
la marcha.
Esas fueron las clases más
interesantes a las que yo haya asistido alguna vez. Me quito el sombrero ante
los profesores. El tipo que se pare enfrente tiene que venir preparado, sino el
auditorio se lo come. Eran clases de 35 o 40 personas cálculo yo. Pero
cualquiera levantaba la mano y de allí se desprendía la discusión, argumentada,
más interesante que haya oído. Oído, porque al principio yo no abría mi boca.
La jerarquía con que se maneja un
profesor de la universidad privada, no es igual aquí. El profesor que quiera
ser respetado, debe ganarse ese puesto. Aquí no hay mucho espacio entre la
autoridad del profesor y el derecho a expresarse del alumno. Y no hay temor.
Uno de los mayores problemas que
me encontré fue el tema de los paros. Habían profesores Catedráticos y de
Nomina. Uno tenía que saber la relación contractual del profesor. Habían paros
de los Catedráticos, si no ibas a clase y el profesor era de Nómina, estabas en
problemas. O viceversa. También había paros totales. El tiempo pasaba y no tenía
idea cuando acabaría el primer semestre. Y me preguntaba ¿Cuándo iba a hacer 10
semestres, en una universidad que era medio desquiciada?
Un día llegué a clase de 6.30 am.
Mi carro era el único en el parqueadero, en la entrada de la Universidad por la
carrera 43. Entré a la universidad, que a eso de las 6.15 am parecía una casa
embrujada. Aún a oscuras, no había un alma. Entré, subí y me paré frente a mi salón.
De pronto, de la nada, salen tres tipos. Sus caras podrían ser usadas en un
atraco. Uno se dirigió a mí y me preguntó “qué carajos hacia ahí”. Yo solo atiné
a decir que esperaba entrar a clase. El tipo me dijo, en realidad me ordeno:
“Piérdase, primo, aquí se va armar la buena”. Yo Salí casi que corriendo, me
monté en mi carrito y pa’ mi casa.
Otro día llegué y había huelga de
profesores. La universidad cerrada y militarizada. Pasaron varios días. Un día
mi esposa me preguntó por las clases y le dije: “Estamos en huelga”. Fuimos a
hacer unas diligencias y casualmente pasamos frente a la U. La actividad en la
universidad era normal. Me acerqué a uno de los estudiantes y le pregunté: “¿Amigo,
y la huelga?” y me respondió: “¿Cual huelga?”.
Una de las experiencias que más
me marcaron y de la que aún me reprocho, me sucedió en la UniAtlantico. Teníamos
examen parcial, no recuerdo de qué; el profesor, de muy ‘mala leche’, se quedó
parado junto a la puerta, reloj en mano. En el momento que el segundero marcó
las 6.00 pm, miró afuera y cerró la puerta. Él que cierra y un golpe a la puerta
que se escucha. Estoy seguro que el profesor alcanzó a verla, antes de cerrar.
Era una alumna que imploraba le dejaran hacer el examen. El profesor dictó los
5 puntos, como si no escuchara el clamor de la alumna. Cuando terminó, se dirigió
a la puerta, abrió y en forma acusatoria, y en voz alta, le recriminó a la
alumna que ella se quedaba afuera, escuchaba los puntos, hacia la trampa y
luego entraba a hacer su examen. ¿En qué momento ella haría todo eso?
Ella le imploraba la dejaran
tomar el examen. El tipo seguía recriminándola. De un momento a otro y cuando explotó
la primera lagrima, esta trajo con sigo el primer hijueputazo. En adelante el
profesor ya no era llamado por su profesión o su nombre. Ella no lo bajó de
triple hijuetantas. Entre lágrimas y alaridos, ella le decía que tenía una jefe
que la explotaba, que ella era aseadora en un colegio, que había “tirado escoba
y trapero” todo el día; y que la señora, a pesar que ella le había pedido
permiso con anterioridad, le había negado la posibilidad de salir 5 minutos
antes a cumplir con su examen.
Ese era el plan trazado para
superarse. Sería abogada, dejaría la escoba y podría buscar una mejor vida,
para ella y para su familia. Y el profesor y su jefe, se lo estaban arrebatando.
El profesor nunca dio su “brazo a
torcer” y la alumna, desconsolada, se fue a la rectoría a denunciar el abuso.
Mientras tanto, yo me recriminaba, y aún me sigo recriminando, por no haber
tenido el valor de levantarme y solicitarle al profesor cambiara mi oportunidad
por la de ella.
Yo estaba lleno de trabajo y estrés. Cumplir con los horarios se me había convertido en un deporte
extremo. Al final claudiqué. Me quité, y le quité a alguien, la oportunidad de
ser abogado. Tal vez, solo tal vez, ahora sería Abogado de la Universidad del Atlántico,
pero eso sí, sería algo reciente, los tiempos en la Universidad Publica son
cosa de locos.
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